¿Criticar al Estado de Israel es antisemitismo?

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La catástrofe humanitaria en Gaza muestra de cuerpo entero el carácter terrorista del Estado de Israel. Las tropas israelíes bombardearon hospitales, escuelas, mezquitas, viviendas y asesinaron más de 1700 civiles palestinos, 400 de los cuales son niños. Sin la menor vergüenza, los sionistas responden a cualquier crítica apuntando a una conspiración antisemita contra el pueblo judío que fue víctima del verdugo fascista. Paradójicamente, el Tea Party, una ultraderecha blanca, anglosajona y profundamente antisemita apoya la masacre producida por las tropas israelíes y reivindica al Estado hebreo como un factor de orden regional. En realidad, la historia del sionismo esta atravesada por doquier de acuerdos con organizaciones antisemitas y fascistas, asimilando incluso sus peores prejuicios. Su cinismo estriba en usufructuar ilegítimamente el genocidio judío durante la Segunda Guerra Mundial transformándolo en una industria para justificar un Estado racista y colonialista edificado sobre la limpieza étnica del pueblo palestino.

En 1903, Theodor Hertzl, el creador del movimiento sionista, concertó varios acuerdos con el ministro Von Plehwe, antisemita visceral como toda la autocracia zarista, para que el zar Nicolás financiara un “chárter” de judíos a Palestina con el fin de poner en pie un Estado judío. A cambio, el zarismo exigía que los miles de militantes de origen judío que nutrían los partidos de izquierda rompieran con esas organizaciones que cuestionaban el régimen. El acuerdo fue celebrado pocos días después del gran pogrom de Kishinev donde más de 200 judíos fueron asesinados en tres días de linchamientos, por instrucciones del mismo Von Plehwe (Theodor Hertzl 1860-1960, OS, Jerusalén). Asumiendo los peores prejuicios antisemitas, Hertzl señalaba en sus Diarios que la emigración de judíos “comenzaría un periodo de prosperidad” pues “se iniciaría un movimiento interno de los ciudadanos cristianos hacia las posiciones abandonadas por los judíos” y a su vez liberaría a Europa de “la competencia molesta, incalculable e inimitable, del proletariado judío”. Incorporando el legado reaccionario del colonialismo holandés y británico, Hertzl destacaba en su obra El Estado judío que “para Europa formaríamos allí (por Palestina, NdeE) parte integrante del baluarte contra Asia, constituiríamos la vanguardia de la cultura en su lucha contra la barbarie”. Cualquier definición sobre el pueblo palestino originario ya se hallaba inscripta en esta matriz.

Presentado como un “movimiento de liberación nacional”, el sionismo no vaciló buscando socios en el fascismo. Los dirigentes de la Organización Sionista Mundial Nahum Sokolow y Jaim Weitzman (futuro primer presidente del Estado de Israel) apoyaron de forma entusiasta a Benito Mussolini, con el cual se reunieron en 1923 y 1926. El Duce ofreció financiamiento para las colonias judías en Palestina, con la finalidad de desplazar el padrinazgo del imperialismo británico. Asimismo, Mussolini designó a Vladimir Jabotinsky, líder del sionismo revisionista, como “el primer ciudadano fascista” a la vez que celebró la convocatoria del Congreso de los Sionistas Revisionistas de 1935, que apoyó la invasión italiana a Etiopía y adoptó el uniforme de los camisas negras. A pesar de la vigencia de las leyes raciales, Jabotinsky sostenía la alianza con el fascismo para construir “un imperio judío, igual que Italia” (www.rodelu.net).

Pero fue el sionismo alemán el que batió todos los records. En 1933 ofreció sus servicios a Hitler para limpiar su “presunto” antisemitismo a cambio de su patrocinio para colonizar Palestina, mientras atacaba furiosamente al Partido Comunista Alemán. En su libro Sionismo y fascismo, Lenni Brenner denuncia que la Federación Sionista Alemana saludo “la fundación del nuevo Estado nazi, el cual ha establecido el principio de raza, el que deseamos así adoptar para nuestra comunidad dentro de la estructura… nos oponemos a los matrimonios mixtos y abogamos por el mantenimiento de la pureza del grupo judío”.

En 1937, mientras regían las leyes raciales de Nuremberg y miles de judíos eran deportados, Adolph Eichmann (juzgado en Jerusalén y condenado a la horca en 1962) y Arthur Hagen, encargados de la Oficina de Asuntos Judíos de la SS, viajaron a Palestina y se reunieron con dirigentes sionistas en El Cairo. De hecho, ya funcionaba un pacto comercial con los nazis firmado por Sam Cohen, que exportaba maquinaria agrícola para el Ishuv, el conglomerado de instituciones sionistas que componían el proto estado judío en Palestina.

Enrolado en la organización de Jabotinsky, el grupo de Abraham Stern dio esta discusión públicamente en 1941. Ante la demora del gobierno británico de conceder un Estado judío (tal como preanunciaba la Declaración Balfour en 1917), Stern propuso una alianza con la Alemania nazi y la Italia fascista para imponer los objetivos sionistas creando “una muralla de hierro contra los árabes”. Jabotinsky y Stern sentaron las bases del Likud, el partido del actual primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, así como de los ex premieres Ariel Sharon, Ehud Olmert, Itzjak Shamir y Menajem Beguin, notables asesinos del pueblo palestino.

Evidentemente, el sionismo no ha tenido reparos para negociar con antisemitas y fascistas en función de sus intereses, algo que ni los mismos sionistas se atreven a confesar.

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